12/07/2026

Por: Alexander Arteaga
Estas últimas décadas en Colombia han sido de agitación constante: una apuesta política por superar el conflicto armado y abrir paso a una etapa de acuerdos y consensos. Desde las discusiones en torno al Acuerdo de Paz entre el el gobierno de Juan Manuel Santos y las extintas FARC- EP, comenzaron a chocar con fuerza dos modelos de país: uno que buscaba una salida negociada al conflicto y proponía una agenda inclusiva, diversa y reivindicativa; y otro, heredero de una vieja sociedad machista, violenta, antiderechos y profundamente clasista.
Esta división recibió su bautismo político con la convocatoria al plebiscito, cuando las dos fracciones tomaron postura en torno al Sí y al No. El Sí, que acompañaba un proceso de paz ya demostrado como viable y exitoso, perdió electoralmente por un margen muy estrecho. Sin embargo, el acuerdo logró salir adelante, y contribuyó a preservar la vida de miles de colombianos, al reducir la intensidad del conflicto armado.
Diez años después, frente al pelotón de fusilamiento, vuelve a encontrarse la continuidad del proyecto alternativo. Una vez más, su permanencia queda sometida al veredicto popular a través del mecanismo electoral. Sin embargo, el programa progresista vuelve a ser derrotado por un estrecho margen frente a una propuesta neofascista encabezada por Abelardo de la Espriella: un proyecto político sustentado en el fundamentalismo religioso, agresivo con la oposición, con un simbolismo militar a lo Mussolini, regresivo en materia de derechos y articulado de manera orgánica con las estructuras de la vieja política tradicional.
A ello se suman peligrosos apoyos extranjeros, el poder de las redes sociales y de los medios de comunicación, así como las dinámicas económicas del informacionalismo descritas por Manuel Castells. También desempeña un papel central la cultura del espectáculo o industria del entretenimiento, capaz de moldear los productos culturales y, con ellos, las percepciones y comportamientos de amplios sectores de la población. Este fenómeno fue objeto de una profunda crítica por parte de los filósofos de la Escuela de Frankfurt, Theodor Adorno y Max Horkheimer, en su obra Dialéctica de la Ilustración.
Sin embargo, incluso desde la realidad de la derrota electoral, el avance cultural y político de Colombia desde una visión colectiva y alternativa es una tesis perfectamente sostenible. De los 2.613.157 votos de Carlos Gaviria a los 12.708.312 de Iván Cepeda, no hay solamente una acumulación de capital electoral, sino una identidad política que se fortalece cada año y que logra aglutinar a sectores históricamente excluidos junto a amplios segmentos de una sociedad moderna y diversa.
Los cambios son paulatinos, pero lo indiscutible es que nada permanece estático. Las contradicciones chocan constantemente y empujan las transformaciones. El factor llamado a transformarse es, precisamente, esa sociedad históricamente conservadora que vuelve a gobernar desde el 7 de agosto de 2026.
A lo anterior, filosóficamente, lo conocemos como dialéctica. Pero más que una interpretación histórica, constituye una explicación del cambio social basada en el movimiento permanente de las contradicciones que atraviesan toda sociedad y que tienen un sentido científico.
La humanidad ha transitado por distintas etapas históricas: desde las sociedades nómadas y recolectoras, pasando por los sistemas esclavistas y el feudalismo, hasta llegar al capitalismo actual, cuyo desarrollo en Colombia sigue siendo incompleto y desigual. Seguramente, en cada una de esas etapas hubo momentos de retroceso, crisis y estancamiento; sin embargo, la tendencia general fue de avance y transformación. La historia no ha sido una línea recta, pero tampoco ha permanecido inmóvil.
Evoluciona la sociedad, lo hacen los paisajes, la arquitectura, la biología, los individuos y hasta la música. El ser humano ha evolucionado a lo largo de la historia, y el vallenato también. Pasó de la caja y la guacharaca de los juglares, cuya incorporación al formato clásico fue consolidada por Luis Enrique Martínez, a la coreografía y la elegancia escénica del Binomio de Oro, y a las letras sentidas de Kaleth Morales, Fabián Corrales y Luis Alonso, que, armonizadas con nuevos ritmos, dieron paso a la Nueva Ola.
Los paisajes cambian a lo largo del tiempo por factores ambientales y naturales, pero también por la intervención humana. La arquitectura, por su parte, transforma constantemente sus diseños, técnicas y estructuras en respuesta a las necesidades de cada época.
Las primeras construcciones surgieron como refugios básicos. Más tarde aparecieron las edificaciones de las antiguas sociedades de Mesopotamia, como las de sumerios, babilonios y asirios; posteriormente se desarrollaron las monumentales construcciones egipcias y las de distintas culturas del Mediterráneo. Con la aparición de la polis griega, la arquitectura comenzó a responder a una nueva forma de organización política basada en la ciudad-Estado. Siglos después, el Renacimiento impulsó el redescubrimiento del arte y la arquitectura de la Antigüedad clásica, integrándolos con elementos heredados de la tradición medieval.
Todas estas construcciones estuvieron profundamente ligadas a funciones políticas y religiosas. En la actualidad, sin embargo, las nuevas necesidades sociales han llevado a pensar la arquitectura desde una perspectiva cada vez más urbanística, orientada a responder al crecimiento acelerado de las ciudades, evitar su colapso funcional y atender las exigencias del espectáculo y la monumentalidad contemporáneos.
Así ocurre con toda sociedad: todo cambia y se transforma. Aunque existen retrocesos aparentes, desvíos momentáneos e impases, la evolución termina abriéndose camino, avanzando hacia formas más complejas, desarrolladas y significativas. La política y el estado no es ajeno a estas variaciones.
La tarea no es resignarse, sino abrazar la historia con la certeza de que ningún retroceso es eterno. Los cambios culturales y políticos son imparables, pero no deben cabalgar solos: debemos acompañarlos e impulsarlos desde los sectores populares y alternativos, politizando a la sociedad, fortaleciendo la educación y llevando formación política a los sectores menos favorecidos. Solo así la esperanza dejará de ser un susurro y se volverá una fuerza viva, capaz de abrir caminos de justicia, buen vivir y dignidad para todas y todos.
